Por: Andrea Turchi
Aunque su desempeño está basado en la buena disposición, el compromiso personal y la libertad de elección, de las formas de gestión organizacional, las comisiones de voluntarios suelen ser las de desenvolvimiento y desarrollo más complejo.
Por nombrar algunas de las circunstancias que lo dificultan, puede ser que tengan poder de decisión pero no esté en sus manos la operación cotidiana del proyecto; que se reúnan una vez cada tanto teniendo que hacerse cargo de situaciones inmediatas y diarias; o que deban cambiar de miembros periódicamente y, al mismo tiempo, mantener políticas de largo aliento.
Trampas
Pero más allá de su formato, la organización que las normas o estatutos le otorguen, o los recursos con los que cuente, este tipo de conducción suele, además, caer en trampas que, aunque articulan aspectos tanto personales como grupales, siempre van en contra del buen hacer y del logro de resultados. Por ejemplo:
n Caer en personalismos: Que el líder formal o uno de los miembros, se transforme en el único motor o hacedor. Que sea la cara, la voz y el que tiene el poder y todas las obligaciones. Para esto no sólo se necesita un perfil determinado, sino también que el liderazgo no se comparta, que no haya otros roles definidos, que el resto ceda sin problemas sus tareas y que quien fuera designado o se haya tenido que hacer cargo, esté dispuesto a hacer todo. Esto empobrece el hacer, da una imagen única y agota a quien se tiene que dedicar siempre a producir resultados.
n Hacer “como si”. Esto es quedarse en lo que se dice pero no hacer. Participar, estar, pero no accionar. Parece imposible pero se da. Se pone cara, se compromete pero no se cumple, se deja pasar el tiempo. Esto es contagioso porque “si él no hace mucho y nadie le dice nada, yo…”, pero lo peor es que empantana el hacer organizacional, frustra proyectos y va dejando huecos en el desarrollo y en las relaciones (de los miembros entre sí y con otras partes de la organización o entidades externas) que más tarde o más temprano se harán visibles, cobrando su costo.
n Establecer “aferramientos”. Los que hacen no se pueden ir. Los que funcionaron bien en algo no se pueden mover de ese lugar, o pasan por todos los otros como única posibilidad. Los que nunca faltan, y están ahí cuando se los llama aunque no hagan mucho, son confiables. Si el pensamiento es “más vale malo conocido que bueno por conocer”, la trampa se cierra, no se buscan ni se realizan cambios y el letargo organizacional se instala, comiéndose el desarrollo y el crecimiento.
n Anclar el barco. Los procesos, proyectos o negocios que funcionan bien se transforman en “las estrellas de la compañía”. Se los considera claves para la supervivencia, se les brindan todos los recursos, el espacio suficiente y más…Así, su crecimiento, si bien ayuda a sostener el circo, impide que se brinde atención, tiempo y energía a pensar, proponer, desarrollar y sostener otros proyectos. Y , en el peor de los casos, se considera que lo nuevo podría quitar brillo o atacar a lo que está funcionando, y se lo ahoga, combate o deja subrepticiamente en un cajón.
El cascabel
Ahora, si todos están metidos en estos líos, o al menos no hacen nada para cambiarlos… ¿Quién le pone el cascabel al gato? ¿Un nuevo líder personalista, en un avance más profundo de su personalismo? ¿Un grupo que copa el poder en un golpe palaciego? ¿Los de afuera, que no tienen parte, ni tienen por qué tenerla?
Lo más sano es que sea un trabajo de todos, nacido en el reconocimiento de que no se está funcionando bien y que es posible hacer mejor. Desde el compromiso de que se puede trabajar distinto. A partir de la aceptación de que si este es el lugar en que se debe desempeñarlo así, bien, y si no, hay que dejar lugar a alguien más. Dándose cuenta de que el espacio que se deja vacío, el trabajo que no se realiza, la tarea que no se complementa adecuadamente, complica el hacer de otros y enlentece y dificulta el avance organizacional.
Desde esa nueva forma de pensar que habilite otra manera de recorrer conjuntamente el camino, será el momento de llamar a participar de otro modo a otra gente. Abrir espacios para nuevos proyectos. Pedir ayuda en los aspectos que se desconocen. Repartir roles y tareas y evaluar resultados.
Reciclar principios, saberes y modos. Recuperar la razón de ser, facilitando el acceso a quienes deseen involucrarse, fortaleciendo alianzas para tejer redes, acompañándose.