Miércoles, 22 de Febrero de 2012
El dirigente justicialista Julio Bárbaro escribe en La Nación un meduloso artículo donde trasmite con singular maestría su propia experiencia de liderazgo revolucionario. Alguien inventó una supuesta teoría –dice Bárbaro- según la cual hubo en el país una violencia asesina y nefasta y otra revolucionaria y digna de todo respeto. Las dos violencias –la revolucionaria y la represora- son parte de un pasado sobre el que se fue imponiendo una mezcla de amnesia y de dolor que, a partir de una justa condena, termina en una absurda reivindicación. Estas cosas son parte, además, -sostiene el autor- de un discurso del que somos rehenes, donde casi el único espacio legítimo está dado por el hecho de haber participado en la violencia revolucionaria de los años 70 (o, en su defecto, por aplaudir a quienes lo hicieron). Allí el número de los desaparecidos no puede pronunciarse en vano, como si el mito fuera tan sólo una exageración de la verdad. La justa crítica a la demencia represora se revierte en adulación a la supuesta víctima, que termina siendo un héroe trágico sin culpa alguna que lavar.
(...) Todo se inició con el golpe de Onganía y La noche de los bastones largos; destruir la Universidad implicó impulsar a la juventud hacia la violencia, que pronto se transformó en una práctica de la que me negué a participar, confiesa Bárbaro. La discusión fue ardua y se fue volviendo agresiva. Sostuve siempre que no se trataba de valentía, sino de enfrentar al sistema en su lugar de mayor fortaleza.
La violencia pudo haber encontrado justificación durante la dictadura, pero fue un grave error su ejercicio en democracia. Los vericuetos de la historia hicieron que el verdugo, con sus uniformados y sus mandantes, perdiera su derecho a existir por la atrocidad de la represión que ejerció. Pero es allí donde la violencia encuentra su justificación, ni remotamente ésa la consecuencia buscada. “Se necesita mucha sangre para que se acorten los tiempos”, dijo un líder guerrillero. Errores que se pagaron con demasiadas vidas.
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