Jueves, 16 de Febrero de 2012
El investigador del Conicet, Vicente Palermo, escribe un meduloso artículo sobre Malvinas y el intrincado laberinto internacional. Supongamos –dice el autor- que la Argentina va ganando, en el diferendo con Gran Bretaña, posiciones en la mayoría de los foros internacionales; es decir, que consigue que en estos ámbitos, ya sean mundiales o regionales, su diplomacia y su acción pacífica quiebren la solidez de la posición británica (solidez que la guerra de 1982 no hizo sino cimentar). Esto significaría para Gran Bretaña –en la materia, por supuesto, pero con efectos en otros campos- un serio aislamiento internacional.
Supongamos también que las potencias emergentes –China, Brasil, la India, Rusia, Sudáfrica- adoptan un comportamiento proactivo favorable a la Argentina en relación con el problema, presionando más y más a los británicos. Supongamos también que Gran Bretaña resuelva considerarse una potencia decadente y con problemas presupuestarios y comience a mirar con malos ojos sus desembolsos australes y que ni siquiera la eventual explotación petrolera alivie esa sangría. Conjugados estos procesos, es posible -¿probable?- que Londres se resigne a volver a su política previa a 1982, de intentar dar forma a las preferencias de los isleños, de modo tal que éstos se avengan a aceptar la transferencia de soberanía.
En esa hipótesis, diremos que somos escépticos sobre las posibilidades de que tenga lugar semejante escenario. Gran Bretaña podrá estar en decadencia, pero la opinión pública y el parlamento tienen una gravitación, la guerra de 1982 es un acontecimiento histórico de primer orden y no siempre lo puede todo el vil metal. En suma, la disposición a mantener las pautas fijadas tras 1982 será enérgica.
Perro si pese al escepticismo bosquejamos ese cuadro es porque permite traer a escena a dos grandes actores del drama: los gobiernos argentinos y los isleños.
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