Miércoles, 08 de Febrero de 2012
Para el nuevo ciclo el conjunto de la sociedad aspira que todo comience sin alteraciones y que la calidad de la enseñanza se vea expresada en los docentes y en los alumnos. Para ello es evidente –según comentario editorial de un matutino porteño- que las autoridades deben anticiparse a la eclosión de los conflictos, mantener siempre canales de diálogo, no crear dicotomías irreversibles y prever factores de fricción.
Hay cuestiones además, de distinta densidad, como es la honda problemática enquistada en el contexto económico-social, vinculada con la pobreza y que se traduce en desi-gualdades injustas que reducen las posibilidades del éxito escolar de numerosos alumnos, frustración que se anuncia por la repitencia y concluye con la deserción, lo que decide un destino de exclusión social.
Agrega el comentario que la causa de ese triste futuro no se origina en el campo de la enseñanza, pero al sistema educativo le toca la difícil misión de hacer posible que el alumno se capacite para lograr un porvenir promisorio. A fin de que esta aspiración se cumpla, una ayuda valiosa es aminorar las limitaciones que sufren esos chicos. En ese plan se ubica la erradicación de “las escuelas pobres” y la creación, en cambio, allí donde se necesiten, de nuevos establecimientos educativos dotados de los recursos humanos y materiales que promuevan el estudio de quienes carecen de medios y de apoyos.
Se tiene que encarar, también, el destierro de la violencia en el espacio escolar con métodos y acciones coordinadas dentro del ámbito comunitario. Mucho hay que obrar en ese sentido, con el asesoramiento de especialistas, a fin de encauzar positivamente los comportamientos agresivos de muchos alumnos. Siendo de significativo valor todo lo señalado, el logro que define la misión de la escuela es la calidad de los aprendizajes que brinda. En ese plano, nuestra enseñanza debe recuperar el nivel y prestigio de décadas atrás.
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