Miércoles, 10 Marzo 2010


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A Zulema Cavalotti, maestra Imprimir E-mail

Por: Daniel Balditarra. Especial para La Opinión

08-11-2009 - Señorita Zule, perdone usted si todavía la llamo así. El afecto cuando es sincero hace crecer  el respeto y esto es lo que siento al escribirle esta carta. Por las páginas del diario leo que le darán un reconocimiento a la Promoción de la cultura por tantos años pasados en la querida y siempre recordada escuela 7, por el libro Huellas, su dedicación en el Museo del Agro.
Yo era muy pequeño entonces cuando usted tomó en sus manos una composición mía  y la leyó pausadamente delante a todos. Después dijo que le había gustado, que quien hoy le escribe tenía sensibilidad y talento y fueron sus palabras quizás el primer estímulo para narrar, para buscar tantas veces en los libros el sentido de nuestra vida, ¿quién soy ? ¿adónde voy? ¿qué debo hacer?.
La recuerdo explicando la novena sinfonía, mientras nos hablaba de la sordera de Beethoven y desde un tocadiscos, que hoy haría reír a tantos, nos hizo escuchar la parte comercial del himno. Cantaba Miguel Ríos: «Escucha hermano la canción de la alegría, el  canto alegre del que espera el nuevo día”. La conservo todavía en los oídos señorita, y cuando en el teatro la Scala, aquí en Milán, la interpretan  las grandes voces de la lírica, yo vuelvo allá,  hacia aquella aula lejana y veo todavía el sol de abril y las flores blancas que tímidamente se asoman por la  ventana como pretendiendo jugar con aquella melodía.
Los recuerdos son extraños, unos se quedan otros se olvidan. Los momentos son todos irrepetibles pero sólo algunos se fijan para siempre. Son instantes simples donde no hay hechos extraordinarios, sólo flash, algunas palabras, la música que con magia materializa un rostro desde un rincón del pasado. Volvemos entonces a ser niños, recuperamos  la inocencia de aquel tiempo perdido donde la amistad era compartir un  recreo, masticar un caramelo o esconder un tesoro.
Tantas veces conversamos sobre la historia del pueblo, los  italianos de San Giuliano Vecchio, los gringos de Lobbi que vinieron a estas tierras y se mezclaron con paisajes tan lejanos donde dejaron sus huesos. Usted fotografíó los ranchos de adobe donde vivieron, rescató las bombas de agua salada que aliviaron los calores de innumerables eneros.
Usted anduvo desenterrando fierros, conservando objetos que se quedaban solos con la muerte de sus dueños. Porque usted había entendido que no existe el presente sin el pasado, que es necesaria la memoria para pensar el mañana. También en esto fue maestra, señorita Zule, intentando formar la conciencia, luchando con el tiempo que sin las raíces nos condena al olvido.
Gracias por aquellas horas de desenvolvimiento donde describió la vida de los próceres, gracias por su guardapolvo blanco siempre impecable, por  su dignidad  de maestra rural. Gracias por estar siempre de pie inquieta por enseñar y buscar la razón de los hechos.
Sé que también pegará este recorte en el cuaderno del museo, comprendo que al leer esta nota pensará que estoy exagerando. Quiero que sepa que aquí, en mi estudio, junto a tantos libros conservo una fotografía en la cual se puede ver a mi madre y a mi tía Berta, detrás está la laguna, en el mismo lugar donde una vez existió la Loma Alta, un  crepúsculo rojizo en la línea del horizonte  y ese nostálgico color que deja la muerte en las fotos de los que se marcharon. Detrás de la cámara fotográfica está siempre usted, como queriendo salvar para siempre aquel afecto que me liga a estos seres, pero sobre todo en su misión de ser puente y de conservar la tradición  en este constante movimiento al cual nos obliga el devenir.
Por esto, por tratar de detener el instante y devolver el no ser al ser, usted querida señorita Zule no envejece y permanece siempre joven como las cosas que no se ven pero son esenciales.

(*) Sacerdote berutense radicado en Milán
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