Por: Pablo Carabelli
El sacerdote Daniel Balditarra escribe un interesante artículo, publicado el domingo 29 de febrero, en el que responde a otro, que en buena parte le “plagié” al psiquiatra Enrique Stola, acerca del drama de una niña que fue abusada en Entre Ríos. Le agradezco al cura que en la última oración reconozca que poseo algunas “justas ideas sobre los derechos humanos”; todo lo que escribe anteriormente confluye en la adjudicación ligera de una cosmovisión lúgubre, tanática.
No me (nos) dice algo nuevo, revisita argumentos con los que ilustra su postura, que obviamente encaja en la de la institución que representa. Bajo un manto de cuidadas palabras empieza y termina descalificando a quien analiza la realidad de modo diferente. Exagera y tergiversa.
El gran problema de Balditarra es que omite el enfoque de mis artículos, centrados en casos puntuales, y extrapola conceptos que defiendo para personas con nombre y apellido, induciendo a creer que deseo fundar una “filosofía de la muerte”. Nada más alejado de mis pretensiones, para eso podríamos aludir a los jerarcas argentinos de su iglesia, que con tanto entusiasmo promovieron la desaparición de personas y la tortura, con tal que nuestra sociedad no se alejase del “ser occidental y cristiano” (hubo excepciones entre los obispos, Hesayne, Novak, de Nevares, alcanzan los dedos de una mano para enumerar a estos santos varones).
Tiempo atrás
Recuerda Balditarra que hace un año escribí sobre Melina González y su pedido de una sedación paliativa. Pasado el tiempo, he reafirmado mi convicción. Melina murió sin dolor, como anhelaba, y el Congreso ha tratado (con media sanción en Diputados) una ley de muerte digna. La mamá de Melina es una de las referentes de ese reclamo. Usted, Daniel, suele olvidar el libre albedrío de los protagonistas de estos dramas (la víctima y su familia), en cambio para mí ese es el eje. Hace un año usted tergiversó mi planteo y me endilgó promover la eutanasia, como si quisiera una matanza de ancianos en Europa y el mundo entero. No era así, pero estas aclaraciones no le importan, sigue abonando la confusión. Algo similar ocurre ahora, pero lo que intenta es la chicana típica de los militantes mal llamados “pro vida”: mezclar el reclamo por el derecho a decidir que tiene cada mujer embarazada con una supuesta promoción del aborto. No me agrada la muerte de un embrión, pero tampoco soy quien para decirle a la gestante qué debe hacer.
Tenemos a una niña de 11 años, violada y embarazada, cuya familia solicitó la interrupción del embarazo. Como nunca antes, hubo en la República Argentina manifestaciones de repudio a las acostumbradas trabas que médicos y jueces ponen ante un pedido de ese tipo. Algo está cambiando en nuestro país, lo considero un avance, y si este pensamiento es viejo sorprende la proporción de jóvenes que lo abrazan. No desconoce usted que a pesar de la punición del aborto se practican alrededor de 500.000 por año en Argentina solamente. ¿Realmente cree que los responsables somos los que llama “filósofos de la muerte”? ¿No le parece que muchas variables fallan, entre ellas el ubicuo lobby de la Iglesia Católica, que parece estar favoreciendo los abortos con su negación del uso de anticonceptivos?
Un desafío
Finalmente, un desafío: ¿Quién defenderá más ampliamente “la vida”? En mi caso, cotidianamente, seguramente influido por la condición de biólogo, intento respetar la existencia de insectos, arácnidos, hierbas (o malezas), seres vivos que suelen despreciarse y exterminarse. Aplico un concepto amplio de “vida”, basado en las homologías que nos emparientan con todas las demás especies. Usted puede adjudicarme una determinada filosofía, quiénes me conocen probablemente no concordarían.