Por: Hernán Sotullo
La muerte, como queriendo aliviar la clausura de la vida, muchas veces la prolonga en los gratos recuerdos. Hace pocos días, luego de una dilatada existencia, falleció Delia Lucchelli de Llera, una mujer que nos vinculó en nuestra juventud con una inevitable cita en la ciudad: los helados Rade, a los que no hacía falta machacar que eran artesanales, como muchos comercios del rubro lo resaltan hoy como un valor significativo del producto, como si hubieran descubierto el arte de elaborarlos.
Delia seguía la fórmula de nuestras abuelas, que tampoco encerraban el secreto de la famosa gaseosa, o había que guardarla en alguna caja de seguridad bancaria para que nadie se apropiara de ella. Para aquellos incomparables helados de limón –su debilidad– por ejemplo, todo era simple, aunque, claro está, requería de la perseverancia del esfuerzo diario. Al levantarse por la mañana, lo primero que hacía era exprimir a mano dos litros de limón o se ponía a cascar docenas de huevos. Todo natural, sin ningún aditamento extraño para resaltar sabores y colores.
El de limón
Siempre se enorgulleció de sus helados, aún después que su vida se fue consumiendo en años: “El de limón que yo hacía no creo que se vuelva a tomar”, solía aseverar con legítima satisfacción, y reiteraba para que no quedaran dudas: “nunca supe lo que era poner algo que no fuera natural”.
Rade –mezcla de las primeras sílabas del Ramón (Llera) de su esposo, fallecido prematuramente, y su Delia– fue una marca trenquelauquense, que primero abrió sus puertas en la esquina de Moreno y Avellaneda, y en su última etapa, hasta su cierre en 1976, en el Boulevard Villegas al 300.
En aquellos tiempos iniciales era tal el furor que despertó entre los vecinos que fue necesario destinar un agente de policía, entonces casi innecesarios para combatir la inseguridad, para ordenar el estacionamiento de los vehículos y la anarquía que generaban chicos y grandes que se agolpaban tentados por aquellas delicias caseras.
Vaya el recuerdo para Delia, que debió afrontar en la inmensidad de su joven viudez un trabajo incansable para imponer con sus helados una de las costumbres locales de cada verano. Su lamentada partida viene también a actualizar nuestra memoria, y nos obliga a repetir: ¿Te acordás de los helados de Rade?