Por: Juan José Estévez
Estuve de vacaciones en Monte Hermoso, una localidad balnearia muy cara a mi historia personal, porque siendo adolescente y junto a un grupo de amigos de la vida, pude en ella concretar mi primera salida como “mochilero” y me sentí adulto por primera vez.
Como otras veces, me volví a encontrar con los lugares que he visitado con mi familia, con mi esposa y mis hijos, con el agua cálida, las librerías de la peatonal, sobre todo la que visito infaltablemente con su oferta de libros antiguos. Y volví a visitar el Museo de Ciencias Naturales, obra maravillosa de Vicente Di Martino, un aficionado a la arqueología, la paleontología y las ciencias naturales, que se nos fue prematura y recientemente. A él se le deben los hallazgos más importantes de esta zona: las pisadas humanas fósiles de 7.000 años de antigüedad, las pisadas de animales extinguidos y el haber sostenido “a pura garra y corazón” uno de los museos más importantes de la provincia. Una de las últimas luchas que pudo concretar, fue convencer finalmente a un intendente municipal para que tomara conciencia que las formaciones arcillosas existentes en un sector de la playa cercano al Camping Americano, que contenían pisadas fósiles, eran
más importantes que los cuatriciclos que las destrozaban.
Pudo apartar un sector de 800 metros de playa y cercarla para preservación del sitio y estudio de la diversidad faunística actual.
El legado
Un grupo de jóvenes, guardaparques, estudiantes de arqueología, paleontología y biología, semillero dejado por Di Martino, se lamentan en cada guía, por la pérdida sufrida y tratan de superarla poniéndole un poco de la pasión que –aún desde otro lugar- pareciera seguir desbordando a quien fuera su mentor y guía.
Les confieso que no pude dejar de extraer valiosas conclusiones. Todos recuerdan a Di Martino y nadie menciona aquí, el nombre del intendente que hace varios años atrás puso a Di Martino en situación de tener que llevarse el museo a su casa. Recuerdo sus palabras dolidas en el puesto de artesanías que atendía todas las noches en la feria. Hablaba de la falta de conciencia de algunos amantes de lo efímero, de lo transitorio, de lo que se agota en un periodo electoral, que es como hacer vistosos dibujos, pero en la playa…
Por estos lares
Por entonces, el grupo de Trenque Lauquen atravesaba un muy buen momento, veníamos de tres años de trabajo continuo recorriendo los importantes sitios arqueológicos que tenemos en el oeste bonaerense y hacia 1999 estábamos trabajando en una muestra de todo el material colectado.
Proponíamos hacer una ampliación en el “Museo Histórico” (entonces llamado de las “Campañas al Desierto”) con una sala de Prehistoria. Recuerdo aquellas cenas de matrimonios para lograr convencer al intendente Barracchia de hacer lo que en definitiva ha sido la atracción museográfica más importante de la última década.
Primero, aquellos pollos a la parrilla en la casa del recordado Jorge Sans, odontólogo y precursor del rugby en Trenque Lauquen, para exponerle el proyecto a Osvaldo Ros (el único Director de Cultura que visitó los sitios arqueológicos
de Trenque Lauquen) y luego aquel “puchero a la española” que Jorge hizo en el Museo Histórico. Estaban el intendente, su esposa y cada uno de nosotros con nuestras esposas.
Alguien nos había pasado el dato: “A Barracchia le encantan las palmeritas”. Y por supuesto, de postre había café con palmeritas.
Osvaldo Ros lo había convencido que valía la pena atender nuestra propuesta. El grupo de apoyo al museo, le proponía un proyecto interesante, sustentable en la gente que iba a llevarlo adelante y con escasa inversión para la magnitud del proyecto. No obstante, su entusiasmo creció tanto esa noche que nos propuso poner a la nueva sala un techo vidriado, “para que a la noche se vea el cielo”. Le dijimos que no era necesario, que la luz natural dañaba los fósiles.
Fiel a su estilo
A la mañana siguiente, el intendente en persona estaba comprando 60 luces dicroicas para iluminarla. Recuerdo el entusiasmo con el que escuchó nuestras recorridas por las lagunas, la extracción de los fósiles, la restauración (tarea que me tenía ocupado y preocupado) y la explicación de Manuel Amado, sobre cómo los cazadores recolectores fabricaban con resina vegetal, bosta de animal quemada y saliva, el pegamento para adherir las puntas de pedernal a los astiles y lanzas.
Recuerdo la explicación del médico intendente sobre las particularidades secantes de la saliva y por qué debía ser saliva y no agua el elemento líquido ligante, tal como infructuosamente había intentado Manuel. Todo se amalgamaba, la explicación técnica extraída del libro de Canals Frau, la experiencia de Manuel (soguero criollo devenido en arqueólogo experimental) y los conocimientos médicos de un hombre que sabía ver más allá de la coyuntura.
Sumar entusiasmos
No era que a Barracchia le interesaran los museos, pero no era para nada tonto. Se repetía en este caso puntual algo que en la gestión de Barracchia fue una constante: sumar a muchos entusiastas y creativos, pensasen como
pensasen, de los cuales obtuvo muy buenos proyectos, que contribuyeron a que su gestión fuera lo que fue. Sin duda le gustaba que las personas adecuadas estuvieran cada una en su lugar.
En abril del año 2000 inaugurábamos uno de los orgullos de la museografía regional y empezábamos a darle un ámbito de exhibición a las investigaciones del oeste bonaerense.