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El cielo se iba despidiendo dejándose caer detrás del techo del vecino. Mientras atizaba el fuego hermano y bailarín, las útlimas horas del año se consumían despacio, irremediables, como los hielos náufragos dentro del vaso abisal.
 
Escribe: Jorge "Alemán" Azpiroz
Especial para La Opinión
 
De a poco la noche se fue acomodando en los mejores lugares del patio refrescado. Bajo los árboles las velas comenzaban con su guiño intermitente anunciando tal vez, ese preámbulo de visitantes que vendrán con las vituallas, los deseos y los abrazos. 
Yo, entre brasas y brochettes, sentado en el mismo banco donde mi padre vigilaba atento los atardeceres, comencé a reflexionar observando bajo mis pies esos ríos de tendones verdes, esa marea de pasto ensortijado que se buscaba entresí para tapar definitivamente los huecos que iban quedando entre esa alfombra colectiva.
Vieron que cuando hay un espacio desierto, solitario entre las gramillas, éstas, sabias de que por sí solas sería imposible, empiezan a estirarse, se ayudanse unen, se protejen, se acumulan, se destinan y se engarzan. Luego comienzan juntas a caminar despacio entre la nada, buscando la humedad y la otra costa verde y hermana en donde se besan definitivas en un ritual de”cesped”rado.
Y pensaba para mis adentros mezclado con el vino aparcero del asador, ya que en estas fechas nos volvemos más humanos, más sensibles, aunque sea por pocos días,  que bueno sería imitar a la gramilla que conciente de su nimiedad cósmica se entreteje junto a otra y otra y otra y construye un nuevo manto que protejerá sus vidas, sus sueños y resistirá mejor la adversidad cuanto vengan los tiempos  de sed y viento. Y pienso… cada vez somos más, los humanos digo, vi-viendo en espacios cada vez más re-ducidos, con tecno-logías cada vez más intimistas y sin embargo estamos cada vez más separados. Miles y miles de vidas apretadas de departamentos, bancos, plazas y oficinas y nos cuesta compartir con el vecino, con el de al lado aunque sea un pequeño sueño colectivo…¿Será que no estiramos los brazos como la gramilla para entretejer  entre todos un mejor porvenir?, ¿o terminaremos solos hasta la muerte, como ese hielo náufrago en un mar sin puertos?
 
La odisea del marinero
 
Los años pasan, los abrazos quedan. Alguien dijo una vez que había que llenar la vida de buenos recuerdos para que cuando estemos solos nos ayuden a estar acompañados de todas esas vidas que nos ayudaron a construir nuestra vida. Somos de paso, como la gramilla, con la salvedad que ésta sabe que para vivir siempre necesita de otra vida al lado. Después entre medio de brindis y cánticos, entre risas y comedias, me olvidé de todas estas reflexiones, el baile llamaba transpirado, la música inevitable y vital seducía hasta las abuelas que por un rato se volvieron más jóvenes, los niños corrían alborotados con la dicha enorme de saberse eternos y los perros esqui-vaban beodos y petardos con la misma agilidad con que los cor-chos recorrían el cielo repleto de festejos. Cada año los hombres celebran la vida sabedores de lo irremediable, sueltan los gritos del alma, dejan volar el desparpajo contenido, sacan para afuera la alegría y el temor y se dan cuenta, nos damos cuenta…por fin!  que somos inexpertos marineros desbrújulados pero concientes del destino, y es esa certidumbre ante lo incierto lo que nos da sentido en estos días, sabernos parte de un pequeño e indefinido tiempo, sabernos soles que se van detrás del techo del vecino de la vida, sabernos, hielo y sal y espuma y fuego, sabernos velas que dejan un guiño en los que seguirán festejando los amaneceres nuevos. Yo en medio de estos abrazos, mientras compartíamos el deseo más deseado, alcancé a levantar la vista entre los niños y las abuelas, entre los vasos y los besos…alcancé a ver bailando festivos a todos esos seres queridos que me regaron de vida…Los pude ver entre medio del gentío, a cada uno de ellos, me sonreían…¡me seguían cuidando y me saludaban con sus brazos de gramillas!
 
Nada más real que los sueños
 
Al otro día desperté con el cerebro adolorido, con la resaca y la indigestión a cuestas me fui a la hora de la siesta hacia el patio… quedaban las botellas vacías, los perros dormidos, las sillas desparramadas sin sentido…quedaban las velas apagadas, el asador aún tibio… la música no sonaba, un nuevo sol de un nuevo año sobre el techo del vecino.
Solo la gramilla seguía trabajando incansable para  encon-trarse en su destino, busqué de a poco los pasos, de esos seres queridos, yo sabía que eran reales, que no había sido imaginación, ni locura, ni delirio… en el césped estaban sus pasos, sobre la gramilla… sus guiños, ellos siguen tejiendo eternos  hasta que me vaya yo también detrás del techo del vecino, ellos siguen tejiendo solidarios, ellos siguen tejiendo dentro mío.
 
La hermandad de la gramilla
Con las manos tiesas y desparramadas,
latiendo como venas entre el mar de tierra y roca,
Se buscan en constante furia loca,
del que sabe que el encuentro es el destino,
Y se enredan como amantes amantinos,
entre el verdor de sabia de sus bocas.
Nada mas simple lo que el amor provoca,
este instante de estirarse hasta el mañana,
pues nada detiene lo que el deseo llama,
Y nada obstruye lo que el ardor convoca,
Y nadan raudos entre la tierra y roca,
Porque lo verde solo en verde brilla,
Y construyen la hermandad de la gramilla,
Y día a día, con sus extremos tocan,
El infinito de perdurar la muerte,
Y trascender la vida, siempre poca.
 

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