Domingo, 08 de Enero de 2012
Por: Daniel Osvaldo Balditarra
Especial para La Opinión
Si pudiera disponer de una mayor tranquilidad para escribir recuerdos como ésta de la que dispongo en estos días en Beruti creo que sería posible entretejer momentos y encuentros que relacionaron mi vida personal con personas que no tuve la fortuna de conocer, pero que las circunstancias me llevaron a encontrar en las cosas que amaron. Es verdad, las cosas se quedan solas cuando se mueren sus dueños, pero también es cierto que ellas nos hablan de los que ya pasaron.
Mis primeras verdaderas vacaciones fueron a los 19 años cuando monseñor Carlos Cremata me invitó a acompañarlo a Pinamar .
Entre el mar y unos médanos andando hacia Valeria del Mar había una casita azul toda de madera donde se filtraba la arena de la playa y el viento hablaba al pasar por las hendijas mientras traía el sabor salado del Atlántico. Entre aquellas dunas vivía Chela, una señora de Dolores, que años antes había comprado la propiedad a Arturo Frondizi.
Ahí transcurrían los veranos de don Arturo con su esposa Elena y su hija Elenita. Nunca encontré un lugar tan austero y esencial; era un paisaje casi desierto con la inmensidad del mar que se abría al mundo. En la casa había también muchos libros que el ex presidente leía durante las tardes. Ahí estaban con el color amarillo que deja el tiempo, El Capital, de Karl Marx, los Evangelios, una vieja Biblia en inglés, Kierkegaard y don Miguel de Unamuno.
Cuando murió Elenita, Frondizi no quiso volver a la costa y prefirió dejar allí muchas cosas que quizás le evocaban pedacitos de felicidad. Viendo aquellos objetos y escuchando aquellas voces del mar y del viento, empecé a conocer la magnitud de aquel hombre que había gobernado la Argentina entre 1958 y 1962.
Cuando llegué por primera vez a Roma viví por algún tiempo en el Gianicolo, una vieja casona de la Compañía de San Paolo. Ahí estaba Giuseppe Supino, un viejo laico consagrado, amigo personal de Frondizi.
Cuando visitaba Roma don Arturo se alojaba en aquella casa a tal punto que Supino le había destinado un cuarto fijo. Por más de un mes tuve el privilegio de dormir en aquella habitación y de volver a tocar con mis manos objetos que le pertenecieron. Estaban los libros que espaciaban desde Julio Mafud a los comentarios del Quijote, un elegante sombrero de paja que seguramente lo protegía del sol del mediodía romano y algunos discos donde estaban registrados los brandenburgueses de Bach y la sinfonía del nuevo mundo de Dvorak.
Estos pensamientos me acompañaron estos días en mi casa mientras trataba de entender este momento histórico que vive mi querido país y en el que es urgente establecer un plan para un auténtico desarrollo.
Frondizi para quien esto escribe fue el último presidente en implementar un proyecto estratégico con ideales industriales, tal vez el hombre justo para el presente, lamentablemente en un tiempo que ya no le pertenece. Cierro el artículo con sus mismas palabras pronunciadas cuando asumió la presidencia en 1958 y que describen mejor que nadie su modo de pensar: «A partir de hoy gobernaré para todos los argentinos y reclamaré el concurso de cuantos comparten los anhelos del pueblo, cualquiera que sea su militancia política y sin otra condición que su honestidad y su capacidad. Abandono toda tarea partidista y declaro solemnemente que desde la Casa de Gobierno no se hará política de partido. Debemos terminar con el sectarismo y la intolerancia».
(*) Sacerote católico
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