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Los tres empresarios asesinados en General Rodríguez, y un cuarto que se suicida por haber estado en relación con uno de los muertos, pone al descubierto el accionar mafioso de una red de narcotraficantes, lejos de imaginar en la Argentina. Inquieta más aún el problema, cuando aparecen vinculaciones con el poder político, algo muy común en Colombia y en México, donde los carteles se muestran en los lugares públicos con total impunidad. Los que manejan el negocio de la droga, tienen informantes en todos los costados del poder, están infiltrados en los organismos públicos, en las fuerzas de seguridad, en la justicia, en los partidos políticos.
Los narcos, en todo el mundo aportan para las campañas de los partidos políticos, pero se cuidan muy bien de que sus movimientos sean sigilosos. No es raro que un jefe de la mafia, sea un ilustre ciudadano que hace generosas donaciones a escuelas, hospitales, asilos, iglesias. Tienen el poder de comprar voluntades y hasta de ser magnánimos. Con la misma flema con que manejan las relaciones públicas, pueden ordenar con un solo gesto el asesinato de quien les resulte molesto, por importante que sea.
El gobernador Scioli, conciente de la gravedad de la inseguridad en la provincia, que no sólo no disminuye, sino que se profundiza, ha salido a condenar con energía los hechos mafiosos que se están produciendo en territorio bonaerense, y promete avanzar contra la delincuencia “caiga quien caiga”. Porque ahora, además de robar, se tortura y se mata, con frialdad, con alevosía, y saña feroz. No hay un solo día que los medios periodísticos no difundan el accionar de bandas de delincuentes, sobre todo en las grandes ciudades y especialmente en el conurbano bonaerense. Todavía en el interior no padecemos ese infierno de robos seguido de muertes y feroz criminalidad. Lo que debería ser normal, es casi un privilegio.
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